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Imagina que tu colegio electoral no es un colegio sino la sucursal de una gran multinacional. Un colegio con urnas oscuras y donde no sabes exáctamente qué pasa con tu papeleta (aunque una autoridad electoral pueda exigir verlo, los electores no podrán saberlo nunca). El cierre de la urna está patentado, tú nunca podrías usarlo en tu pueblo, ni construir una llave que la abra sin el permiso, previo pago, de la multinacional. La seguridad también es privada y unos señores de negro hacen el recuento… Por muy increíble que parezca, si vas a votar en Podem Catalunya, vas a pasar por una experiencia parecida. La situación es un poco más compleja evidentemente, porque no hay urnas ni colegios electorales en este caso, sino plataformas digitales de voto electrónico. Para entenderlo en detalle hay que ir más allá de la metáfora. 

Nos explicamos. Uno de los aspectos más innovadores de Podemos como partido político ha sido el poner en marcha mecanismos digitales que permiten a cientos de miles de personas participar en sus decisiones políticas. Hasta el momento, para hacer posibles estos procesos se han utilizado plataformas de participación y votación basadas en software libre, que, como explicamos en detalle más abajo, garantizaban la transparencia, la seguridad y la privacidad de los mismos. Participa (la plataforma digital que se utiliza para la democracia interna en Podemos) se basaba en sofware libre y permitía el control de los datos de las personas inscritas en el partido, que se guardaban en los servidores de Podemos, custodiados por la organización. Las votaciones se hacían con una empresa llamada Ágora Voting (ahora conocida como nVotes), que utiliza servicios basados en software libre. Esto hacía posible que cualquier otra empresa pudiera proveer de este servicio, permitía a Podemos conservar los datos en sus propios servidores y garantizaba la total privacidad de sus inscritos. Así, el partido apostaba por lo que se conoce como “soberanía tecnológica”.

Esta situación ha cambiado radicalmente desde ayer. Podem Catalunya ha apostado por la multinacional Scytl para gestionar su Assemblea Ciutadana Marea Morada. Y la situación es grave porque, si queremos enfrentarnos a las multinacionales a través de la política, no debemos permitir que sean multinacionales las que controlen los procesos internos de nuestras organizaciones. Si Podemos no confía en el Santander para financiarse, ¿por qué confía en Scytl para sus procesos internos, para la gestión de una infraestructura tan delicada y para el tratamiento de los datos de sus afiliados y afiliadas? Probablemente, porque poca gente comprende la gravedad de la situación, no sólo entre la militancia sino tampoco entre sus cargos orgánicos.

Es importante comprender bien las implicaciones de este cambio en Podemos. Si una plataforma digital fuera una casa, el software libre significa que cualquier persona puede ver y decidir sobre los planos, la distribución de espacios, las reglas de la casa, etc. Esto no sucede con un servicio propietario, que es como una casa prefabricada en la que no tienes intimidad y no puedes cambiar nada. Una casa de la que, además, te pueden desahuciar cuando quieran. Imaginaos el caso que comentabamos más arriba de los colegios electorales. Las redes digitales que llevamos tiempo construyendo desde el municipalismo del cambio son todo lo contrario: comunitarias, abiertas, democráticas, transparentes y colaborativas.

Cuando el software detrás de las plataformas de votación es software libre cualquiera puede acceder al código que está funcionando en las tripas de los procesos de democracia interna, cualquiera puede auditarlo, probarlo, mejorarlo y dar servicios con ese software. De esta forma se eliminan las dependencias y monopolios de empresas, se evita el pago de cánones y licencias (cobro por el uso del código) y se posibilita que cualquiera pueda mejorarlo. De esta forma tanto el software inicial como las mejoras pasan a formar parte de un bien común colectivo susceptible de evolucionar y replicarse libremente. Como la Wikipedia, todo el mundo puede contribuir al código, todo el mundo puede beneficiarse de él, todo el proceso es transparente. Esto no es incompatible con que una empresa, cooperativa o fundación pueda dar servicios y cobrar por proveer de servicios y software libre. Quizás tú no tengas tiempo y quieras pagar a alguien para que te haga unos apuntes con material de la Wikipedia. Lo mismo sucede con el software libre. Aunque haya prestadores de servicios que cobren por ello, el software libre es una garantía de independencia y autonomía. Por el contrario, la apuesta por el software privativo es un modelo que implica dependencia, aumento progresivo del gastos a largo plazo y la imposibilidad de alimentar un bien común colectivo.

Si en el 15M fue especialmente importante el uso de internet y las redes sociales para crear un relato colectivo, en este ciclo de construcción de candidaturas ciudadanas el uso de plataformas de voto electrónico es un elemento fundamental para el proceso de profundización democrática. En estos procesos la tecnología no es un aspecto neutral. La democracia y la autonomía política son incompatibles con estrategias empresariales que tratan de imponer un modelo de infraestructuras privadas. Un modelo vulnerable al tipo de abusos que conocemos dolorosamente y contra los que llevamos luchando tanto tiempo.

El peligro podría extenderse más allá del monopolio sobre una infraestructura digital tan sensible como la democrática. A la vuelta de la esquina de la privatización de la infraestructura está también el negocio basado en los datos y el mercadeo con nuestra privacidad: explotación de identidades digitales, ideas, opiniones, perfiles políticos, etc. La estrategia de este segundo modelo de negocio es bien conocida: “regalar” software y servicios para poder tener acceso a toda esa información, privatizando el conocimiento producido por multitud de personas conectadas. Es un caramelo muy goloso. No es casualidad que Scytl y Telefónica hayan invertido 70 millones en una spinoff con nombre “Open Seneca” cuyo principal producto es una plataforma de participación ciudadana. El valor estimado del mercado de la participación democrática, de acuerdo con las estimaciones de Telefónica, es de más de 2.000 millones de euros. Pero su modelo de negocio se ha encontrado con un obstáculo inesperado: la proliferación de plataformas digitales de software libre (como Consul, Decidim o Irekia) que se han construido desde la administración pública con todas las garantías democráticas que ofrece el software libre. Estas plataformas se están extediendo de manera masiva en los ayuntamientos del cambio (y también fuera de ellos), frustrando el negocio de Scytl y Telefónica. La nueva estrategia de Scytl es fácilmente deducible: atacar al corazón de los partidos para ganar las instituciones públicas. Scytl pone un anzuelo en medio de esta guerra del sector privado contra la municipalización de la infraestructura democrática digital.

Para evitar que tengan éxito es imprescindible apoyar las tecnologías libres. Hay que evitar la dependencia de empresas cuyo modelo de negocio se basa en privatizar las nuevas infraestructuras digitales de la democracia. Apostar por fortalecer un ecosistema colaborativo que sustente proyectos de software libre para la democracia debería ser imperativo para las fuerzas del cambio y las instituciones en las que gobiernan. El software libre permite crear infraestructuras digitales verdaderamente democráticas y transparentes para la democracia. Apostar por grandes empresas de software privativo como Scytl es un retroceso imperdonable.

Vivimos la elección de Podemos Cataluña con una enorme tristeza, por significar un paso atrás, por sentar un precedente que implica graves peligros para la privacidad y autonomía de una organización política en la que muchos han depositado su confianza. Porque el modelo de negocio de Scytl crea un monopolio que privatiza las consultas democráticas. Porque un paso atrás en la construcción del bien común, la autonomía, la independencia, la soberanía, y la privacidad supone mucho más que una mala elección tecnológica. Porque la tecnología es política; porque no hay nueva política con tecnologías viejas; porque no habrá democracia real sin soberanía tecnológica.

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